"Con la animación, pueden contar todo lo que quieran, todo lo que se les ocurra." Eso les dije a los niños de Taller de Animación. Ellos sonrieron; alguno preguntó: "¿Todo?" como si ya supiera la respuesta. Dos días después, brotaban imágenes de delfines, osos boxeadores, tocinos vivos, el big bang, la ciudad, el crecimiento de los árboles, perritos de colores…
Estos ejercicios, fruto del Taller de Animación del programa de Jóvenes en Video, muestran la creatividad, frescura y libertad en el crear de casi 40 niños todos santeños. Ellos decidieron los materiales, los temas y las acciones de sus personajes. Animaron escenas cotidianas, sus preocupaciones y deseos. Tienen ojos inquisidores, un gran poder de imaginación y con ello un gran poder de abstracción, una línea es un árbol; unos pedazos de papel, llamas; unas barras de plastilina pueden dar forma a todo tipo de objetos. Con sus ojos inquisidores, descubren vida en los objetos cotidianos y se apropian de las imágenes de ciudades lejanas, de animales exóticos, hasta de la nieve. Sus intuiciones formales generan nuevas posibilidades para la visualidad en la animación, sugiriendo caminos a explorar. Cada cortometraje ofrece posibilidades para el asombro.
Bertha Alicia Aguilar García |
¿A dónde lleva el camino misterioso?
Pierre Saint-Martin Castellanos.
Recuerdo que todo comenzó en la ventanilla de un avión. Fue en el regreso de una grabación para una serie de televisión en Tijuana, durante el vuelo hacía el D.F, tuve la fortuna de ver durante el despegue el momento donde el sol estaba justo sobre mis ojos, y aún así pude distinguir, o al menos eso recuerdo: el mar chocar contra el desierto. Me pareció muy paradójico pensar que hubo pueblos que en su éxodo antiguo miraran desfilar los kilómetros de agua azul mientras morían de sed. Pensé para mí, ¿A dónde llevará ese camino misterioso?
Cuatro meses después con una calurosisíma invitación hecha por Sylvia y Leonardo Perel fui requerido para impartir un taller documental para jóvenes en Todos Santos.
El primer día de clases me senté a ver a cada uno de los jóvenes que estaban interesados en el taller, todos de una sola mirada permitían ver que poco o nada tenían en común además de ser jóvenes y de vivir en Todos Santos. Pensé: ¿Cómo haré para que todos estos jóvenes tan diferentes logren hacer algo en comunión? El silencio de ciertos momentos fue perturbador para mí; para ellos no, ellos eran en ese momento, para mí, los jueces que darían un veredicto final sobre mi eficiencia dictando el curso. Sus rostros eran como de palo, estoicos, impenetrables ante cualquier broma, comentario o asociación que hacía con tal de tratar de explicar el tema del curso y ver algún tipo de emoción en ellos. En aquel salón se percibía una enorme nube de dudas, lo único claro era que no sabía muy bien por dónde empezar. En esa nube reconocí la otra parte de la mágica geografía: éste debe ser el camino misterioso que ví desde el avión.
En mi mar de dudas emergió la pregunta evidente que no había reflexionado a profundidad: ¿Cómo enseñarle a un grupo de jóvenes tan diversos entre sí la manufactura de un documental, sin matarlos de aburrimiento? Sin decir lo que deben hacer, pero también aconsejando que no hagan esto otro; los encuadres son así y no asa, ¿por qué? me preguntarían. Tendría que ser honesto: no lo sé!. Eso sería lo más honesto. Definitivamente deambulo por el camino misterioso.
Conforme las clases avanzaron y tuvieron contacto con documentales que les mostré en clases, abandonaron su posición de TOTEMS vivientes y sus rostros, en una peculiar metamorfosis, empezaron a destilar vida, sangre, interés, dudas y comentarios. Tal vez la mejor manera de enseñar cine es compartir cosas que uno cree valiosas y probablemente sea la manera más sincera de entablar una comunicación bilateral, al escuchar sus emociones y sus impresiones. El color de mi rostro regresó a su normalidad y pudimos continuar. Ok! estos son los documentales, pero … ¿cómo se hacen?
Podría citar a una infinidad de cineastas, todos ellos provenientes de los más distintos lugares y épocas, y todos estaría de acuerdo en lo mismo: “El cine se hace no se aprende”. Así que después de darles un par de pautas y principios básicos de producción, realización y dirección, les pedí que juntos empezáramos a documentar cualquier cosa, para que así pudieran experimentar todo lo que conlleva tomar una cámara y tomar decisiones sobre lo que se quiere grabar. Es decir: ser responsables de la imagen.Todo empezaba a tomar color, las nubes se disipaban pero faltaba la parte más difícil: ¿Cómo guiarlos sin dirigir?
Por medio de una votación ellos ya había escogido el tema (El futuro de los Jóvenes en Todos Santos), ellos habían decidido qué querían hacer, en qué puesto tomarían responsabilidad, eligieron a quienes serian entrevistados, acordamos los tiempos de rodaje, los días con la invaluable ayuda de Kristopher Torra…. ahora tenían que ser ellos quienes dirigieran el documental. No había más.
Yo quería que fueran ELLOS solos los que se hicieran cargo de todos sus aciertos y errores, pero aún así debía de haber una guía, y ese era yo, pero ¿Una persona tan aprensiva como yo podría dejar en libertad a aquel grupo de jovencitos? Recordé a Gus Van Sant: “Perder el control es en ocasiones la mejor forma de encontrar nuevas cosas”. Me aferré a esa frase como a pocas cosas.
Los días pasaron uno sobre otro, y como era de esperarse en este duro oficio del cine, la realidad se imponía con despotismo a los esquemas previstos y perturbaba nuestros planes. Sin embargo siempre encontramos entre Kristopher, los jóvenes y yo, la manera de darle un nuevo giro al argumento, sin perder la idea principal. Todo salía de manera manejable, pero todo se complicó al no tener un grupo de jóvenes para ser entrevistados (LO QUE ERA EL TEMA PRINCIPAL DEL DOCUMENTAL!!) Tuvimos que voltear a vernos, y más difícil aún, los jóvenes tuvieron que mirarse a ellos mismos y ser parte del objeto analizado. La reticencia era de esperarse, pero al final los jóvenes recordaron que la mejor manera de cambiar al mundo es cambiándose a uno mismo. De esta manera el ejercicio tuvo una doble dificultad para ellos: ser investigadores y objeto investigado.
Fue un proceso arduo para todos, pero quiero pensar, porque la ví, (aunque no todo lo que vemos es verdadero, o al menos real según dice Francois Niney)
que hubo una imagen que surgió sin ser planeada el último día que fuimos a la playa.
Uno de los jóvenes se detuvo a mirar el anaranjado atardecer en la playa de pescadero, y todos poco a poco sin darse cuenta, imitaron esa acción. En un arranque tomé la cámara en mis manos y les pedí que continuaran viendo el mar. Quise verlos, quise capturar aquel momento, en el que entre ellos no había más ningún tipo de diferencia, ni de edades, ni económicas, ni siquiera sus problemas personales tenían espacio en aquel ocaso. En ese momento eran todos parte de una misma memoria, eran un pequeño grupo de ojos llenos de momentos compartidos, de horas en el sol, de espera, de aprendizaje, de repetición tras repetición, de toma tras toma. Ese grupo era la imagen misma del recuerdo de aquel taller. Era un momento pausado con sonrisas y miradas hacia un horizonte incierto poblado de dudas, de posibilidades, pienso, porque lo vi, que en ese momento alcanzaron, aunque sea por un momento, calcular su dimensión exacta en este universo caótico y variante, y sopesar la importancia de formar parte de una memoria que justo antes de mi partida ellos me regalaron.
Despego nuevamente pero en un avión diferente, de un lugar distinto, con una experiencia completamente nueva, sin embargo miro una imagen semejante a la que ví tiempo atrás cuando no sabía a dónde me llevaría aquel avión. Y es entre nubes, mientras miro a las olas salvajes devorar con espuma la costa seca, que recuerdo la frase completa de Novalis:
- ¿A dónde lleva el camino misterioso?
Siempre a casa.-
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